sábado, 26 de junio de 2010

EL RACISMO-G.LEFLAIVE-GROUSSAUD-

El racismo: un enfoque crítico
Gabrielle LEFLAIVE - GROUSSAUD



Existe una larga tradición de estudios del racismo en la sociología, la psicología social y otras disciplinas humanas, incluida la antropología, tradición nacida sobre todo en Estados Unidos, debido a su particular configuración multinacional y pluriétnica (país de inmigración, que además ha absorbido poblaciones autóctonas como los indios, los portorriqueños, los hawaianos, etc.). El ámbito de las « race relations » y de las relaciones entre grupos étnicos se extendió como campo de estudio en Europa Occidental con el auge de los movimientos migratorios y la aparición de la problemática de la integración de aquellas nuevas poblaciones en los antiguos Estados europeos.

A menudo, aquellos estudios se centran en el análisis de las actitudes, representaciones e ideas denominadas «racistas», «xenófobas» o «etnocentristas», y de los comportamientos discriminatorios que de ellas se desprenden, intentando dar cuenta de estos fenómenos a partir de varios factores : universales antropológicos (la tendencia etnocentrista de cualquier grupo, ligada a la noción de identidad), explicaciones cognitivas (mecanismos del prejuicio y de las «representaciones sociales» o «colectivas»), factores culturales (las diferencias culturales y de modo de vida entre los «grupos étnicos»), o factores psicológicos, históricos, etc. Por consiguiente, la mayoría de las líneas de lucha contra el racismo están orientadas hacia el cambio de las imágenes que unos grupos mantienen hacia aquéllos que son víctimas de sus prejuicios racistas, cambio que pasa por un trabajo de información, de educación, y de divulgación ideológica (llamada a la tolerancia y al respeto de las diferencias culturales, difusión del principio universal de igualdad fundamental de todos los seres humanos, etc.). Una de las consecuencias de dicha tendencia es que se contempla al mismo nivel, o con el mismo enfoque, el racismo de los grupos dominantes (los blancos) y aquél de los grupos dominados (racismo anti-blanco de los negros, por ejemplo), como formando parte de un mismo conjunto de actitudes e ideas condenables. Con eso se razona como si no existiera ninguna relación entre el racismo y hechos históricos como la esclavitud y el colonialismo.

Me parece que a pesar de sus valiosas aportaciones, estos acercamientos pecan por su carácter parcial, y dejan de lado otras dimensiones del fenómeno del racismo, ubicadas en el ámbito de las relaciones socio-económicas históricamente constituidas, que configuran determinadas relaciones de poder entre distintos grupos dentro de cada sociedad. El racismo, desde este punto de vista, aparece no sólo como un factor o una causa de la discriminación, sino además como un medio para su legitimación, que permite ocultar los intereses de los grupos dominantes en los ámbitos políticos, económicos y culturales de la vida social.

Por eso creo que resulta útil reubicar los análisis del racismo, su definición, sus efectos y sus raices, y las líneas de actuación propuestas para luchar contra él, en una visión global que tome en cuenta las relaciones estructurales más amplias que se dan en una sociedad determinada, no sólo entre los grupos que manifiestan actitudes racistas y aquéllos que constituyen su diana, sino también entre el conjunto de grupos o clases sociales. En este sentido se trata de abordar el tema del racismo desde una perspectiva cualificada de « crítica », que integre los aspectos históricos, económicos y políticos, y no solamente lo trate en términos de representaciones culturales. Byron Good (1998 :135) cita las palabras de Keesing que ilustran la perspectiva crítica en antropología, nacida a partir de los años 80 e inspirada por los análisis de la hegemonía de Gramsci y de la «genealogía» del poder de Foucault : «Las culturas no constituyen simples redes de significado... Representan ideologías, al disfrazar las realidades políticas y económicas humanas... Las culturas constituyen redes de mixtificación tanto como de significado ». El enfoque crítico consiste entonces en examinar los factores sociales que producen y nutren el racismo, y ocultan bajo una cuestión de relación entre grupos « étnicos » con culturas distintas una lucha por intereses socio-económicos y políticos, en un intento por mantener el orden establecido. Estas lógicas socio-económicas llevan a considerar como « natural » o « de sentido común » el hecho de que colectivos de origenes « étnicos » distintos, al convivir en una misma sociedad o Estado, experimenten tensiones y dificultades de convivencia debido a las diferencias en sus creencias, costumbres, religión, normas sociales, valores, etc.



La primera pregunta que cabe formular es la de porqué es tan importante entender y combatir el racismo. Parece obvio desde planteamientos humanistas inspirados por los Derechos Universales del Hombre, que se difunden en ciertas capas de las sociedades occidentales (en general, aquellas con «capital cultural» elevado), pero me parece necesario justificar la importancia dada a una problemática más allá de las modas intelectuales e ideológicas. En el caso del racismo, varios fenómenos recientes deben llamar la atención. En primer lugar, según Thomas F. Pettigrew (1998), se manifiestan dos tendencias principales en las relaciones entre grupos étnicos o culturales en los llamados «países desarrollados» : la migración masiva de poblaciones, y el aumento de la conflictividad entre grupos. Will Kymlicka (1996) recuerda que la violencia política, entre grupos étnicos o nacionales distintos, es el tipo de violencia que domina en el mundo de hoy. Los acontecimientos recientes ocurridos en Terrassa (Barcelona), Banyoles (Girona) y Níjar (Almería), recuerdan que la violencia racista puede estallar incluso aquí en España, país que de momento no se puede considerar como enfrentado a un «problema» masivo de inmigración. Por otra parte, se puede afirmar que el racismo constituye una de las principales amenazas al funcionamiento democrático de las sociedades occidentales. En Estados Unidos, por ejemplo, si hoy los derechos formales de los afroamericanos son equiparados en teoría a aquéllos de los blancos, la población negra sigue siendo víctima de prácticas discriminatorias, incluso de violencia racista, y de forma general se encuentra excluida y segregada del grueso de la sociedad. El mito del «Melting Pot» sólo ha funcionado para los WASP (White Anglo-Saxon Protestant), y a pesar de las «acciones positivas» que resultaron de toda la lucha por los «Civil Rights», el racismo anti-negro sigue siendo vigente y ha vuelto a ser determinante en la estructuración de la sociedad americana. En la medida en que un colectivo no goza de la libertad y de la igualdad de derechos del resto de la sociedad, y que esta injusticia se articula entorno a la pertenencia «racial» (el color de la piel) de sus miembros, hay una disfunción de las instituciones democráticas, y una contradicción peligrosa entre los principios de la democracia y la realidad sociopolítica.

En Europa occidental, la situación es muy distinta en términos de relaciones «raciales» o «étnicas», pero no podemos olvidar que el racismo ocupa un lugar importante en el funcionamiento político actual, a pesar de que hayamos (en principio) superado los episodios más horribles de nuestra historia reciente (regímenes fascistas y totalitarios, «holocausto» de los judíos). En efecto, los movimientos de ultraderecha han desarrollado, desde las últimas décadas que coinciden con la llegada de numerosos trabajadores inmigrantes, un discurso racista de inferiorización y exclusión de aquellos extranjeros, retomando de manera (a veces apenas) disfrazada la ideología nazi de la pureza de raza. En Francia con Le Pen y su Frente Nacional, en Italia, Alemania, Austria, etc., siempre encontramos los mismos discursos como centrales en la propaganda y propuesta política de la extrema derecha : expulsar a los inmigrantes para proteger la sociedad de las amenazas que representan, discursos asociados con programas políticos poco democráticos (como por ejemplo la identificación administrativa y centralizada de todas las personas seropositivas, y la reclusión de los enfermos del sida, para citar sólo un ejemplo tomado del programa político de Le Pen). Pero no debemos pensar que la utilización ideológica de un popular miedo a la invasión se limite a la ultraderecha: varios partidos políticos importantes en los distintos países de Europa occidental caen regularmente en la tentación de coquetear con las ideas implícitas de la extrema derecha racista, apelando a la seguridad y la salvaguardia del bienestar adquirido, en un movimiento de «derechización» general de la política, típica de la década de los años 90.

Más preocupante aún: al examinar el proceso de construcción de la Unión Europea, se hace muy patente la existencia de una tendencia que amenaza las libertades públicas y el funcionamiento democrático en los países de Europa. En efecto, desde los acuerdos de Schengen, la «fortaleza» Europa se ha hecho realidad. Poniendo en común una serie de medios policiales, informativos y administrativos, los Estados del «espacio Schengen» han organizado su defensa contra todo elemento extranjero, extendiendo los sistemas de control incluso fuera de las fronteras europeas, donde se ubica el «origen» mismo de los males que hay que combatir, que son la criminalidad, el tráfico de drogas, el terrorismo y la inmigración clandestina. Basándose en redes (redes administrativas, en las que distintos servicios de aduanas, de policía, de inmigración, consulados e incluso compañías de transporte colaboran entre sí ; redes de archivos informáticos), el control se hace cada vez más externo y a priori, al definir mediante unos análisis estadísticos las «poblaciones-dianas» que son objeto de una creciente vigilancia, para intentar anticipar los movimientos y flujos de grupos, y ya no seguir a los individuos que han cometido efectivamente alguna infracción a la ley. De este modo, se acaba estigmatizando a colectivos que se encuentran ya en situación precaria, al focalizar la atención en los grupos que cruzan las fronteras y en aquéllos que definen sus identidades basándose en pertenencias religiosas o étnicas. Además, aquellos nuevos sistemas policiales acaban amenazando las libertades de todos, pues para anticipar y prevenir los riesgos, se representa como peligro lo que son simples transformaciones sociales, haciendo una mezcla entre crimen organizado, violencia urbana, «incivilidad» social, migración clandestina, terrorismo, etc. Así, de modo contradictorio con las dificultades del proceso político de construcción europea y de elaboración de una identidad común (múltiples divergencias entre los miembros), se está creando, con más eficacia que la Europa monetaria, cultural, legislativa o política, una Europa unificada en términos de seguridad y de control de sus fronteras, unión fundada en el triple miedo a la inmigración clandestina, a las drogas y al terrorismo (Leveau, 1998 : 247). Para ello, se instrumentalizan las prenociones de sentido común que tienden a mezclar estas tres «plagas» en un peligro único, un «Otro» amenazante, cuya cara es la del Islam (Leveau, 1998 : 256).

La amenaza a la democracia se observa también a través de la existencia de zonas que se podrían llamar «bolsas de no derecho», en las que la seguridad y las libertades básicas ya no están aseguradas, y donde el reino de la violencia más o menos organizada se impone en la vida cotidiana. La policía no puede penetrar allí ni los bomberos en caso de incendio, ni los representantes de cualquier institución, y los forasteros a estas zonas no pueden atravesarlas sin riesgos pro su integridad física. Resultado de décadas de segregación y de marginación de poblaciones inmigrantes, estos lugares donde se ha hacinado a los indeseables de la sociedad representan la cara antinómica de la democracia civil. Con ello, se ha alcanzado un segundo grado de efecto del racismo, más profundo y más grave: ya no sólo la violencia hacia los inmigrantes y la falta de democracia para estos últimos, sino un fenómeno de no derecho y de violencia instalada en el que viven barrios marginados enteros, fuera de toda posibilidad de ayuda o intervención.



Antes de volver al tema de la instrumentalización ideológica de las ideas y actitudes racistas, puede resultar adecuado repasar las definiciones y los enfoques más frecuentemente utilizados para entender el racismo, sus efectos y sus orígenes, así como las propuestas corrientes para luchar contra este fenómeno.



Como definición previa, el conocido novelista marroquí Tahar Ben Jelloun escribe, en su libro destinado a niños y adolescentes en el medio escolar, que el racismo consiste en «desconfiar de las personas con características físicas y culturales diferentes de las nuestras e incluso también en despreciarlas» (Ben Jelloun, 1998: 13). Para Miguel Pajares, el racismo engloba el prejuicio, la discriminación, la segregación o la agresión que sufren las personas en función de su origen, aspecto físico, creencias o pautas culturales (Pajares, 1998: 282). Estas acepciones son amplias, pues abarcan tanto el antisemitismo, la xenofobia, el racismo propiamente dicho (dirigido a personas supuestamente de «raza» distinta) al igual que muchas manifestaciones de nacionalismo excluyente.

El problema de la definición teórica del racismo es que no se puede precisar mucho más allá de las generalidades apuntadas más arriba. Eso se debe al hecho de que el concepto de «raza» no tiene fundamento científico: las «razas» no existen, salvo como concepto imaginario y constructo social, por lo tanto no podemos definir el racismo como la acción realizada contra una raza. ¿Quiere eso decir que el racismo no puede constituir un concepto sólido y útil en las ciencias sociales? En realidad, se trata de separar los conceptos de raza y de racismo, y de llegar a una definición del segundo que sea independiente del primero. El racismo sería entonces la «inferiorización de cualquier grupo social sobre el que la sociedad ha construido una imágen racial» (Pajares, 1998: 282). Esta imagen racial se elabora a base de cualquier rasgo o conjunto de rasgos (físicos, psicológicos, reales o supuestos) que se suponen son congénitos : heredados por nacimiento, transmitidos automáticamente por el lazo biológico dentro del grupo social considerado. El racismo consiste, pues, en la acción negativa de la sociedad hacia los grupos que ha racializado.

El carácter bastante amplio de la definición no impide que el concepto de racismo deba ser utilizado con cierta cautela, y en particular que no se pueda aplicar a cualquier actitud negativa dirigida a cualquier grupo social: no se puede hablar de racismo contra los jóvenes, los homosexuales o las mujeres, contra los pobres o los ancianos. Racismo no es ni sexismo, ni homofobia, ni clasismo ; aunque estos fenómenos puedan compartir rasgos comunes con el racismo, conviene estudiar este último como un fenómeno particular, con sus propias manifestaciones, sus mecanismos de alimentación, sus efectos y sus orígenes.

Para profundizar en la definición del racismo resulta útil distinguir entre diferentes tipos y manifestaciones del mismo. Teresa San Roman, en su libro Vecinos gitanos, distingue tres niveles de actitud o tendencia racista: el etnocentrismo, que constituye una tendencia bastante universal, incluso casi necesaria (para la protección del grupo frente a los otros, para la identificación positiva de los individuos dentro de su grupo social de pertenencia) ; las conductas de discriminación, que corresponden más o menos a lo que otros autores llaman xenofobia; las ideologías racistas, que constituyen doctrinas legitimadoras de los dos niveles previos. La autora considera que el primer tipo de tendencia no se puede propiamente llamar racismo. El racismo aparece con los dos siguientes niveles : las conductas discriminatorias y las ideologías que las justifican.

La clasificación que propone Taguieff es bastante similar : distingue entre racismo primario - reacción psicológica de rechazo hacia el otro-, racismo secundario - que implica la categorización del otro en función de su pertenencia a un grupo y corresponde a la xenofobia-, y racismo terciario - que se traduce en doctrinas muy elaboradas y explícitas. T. Ambadiang subraya la utilidad de tal distinción mostrando que no existe necesariamente una implicación entre el primer tipo de racismo y los otros dos (1994: 66). Ello explica también por qué Teresa San Roman considera que el primer nivel, la tendencia etnocentrista o racismo primario, no constituye una verdadera forma de racismo : los autores coinciden en que aquella tendencia, si se encuentra en la base del racismo, no lleva de manera mecánica y obligatoria a las actitudes discriminatorias y/o a las ideologías racistas.

En términos más concretos, y según un criterio distinto, se puede también utilizar una clasificación de las expresiones del racismo: M. Pajares (1998 : 283-292) propone la distinción entre racismo de Estado, racismo político, racismo institucional , y racismo social.

El «racismo de Estado» se produce cuando el Estado se implica de lleno en la propaganda y la acción contra un grupo (o varios grupos) racializado(s). Los ejemplos históricos de racismo de Estado son la Alemania nazi, el régimen del Apartheid en Sudáfrica, y en cierta medida la antigua URSS, pero tal tipo de racismo se encuentra también en la nueva Yugoslavia serbia o en ciertos Estados africanos (Ruanda por ejemplo). Sin ir hasta los extremos de la exterminación sistemática, de la segregación total, o de la «limpieza étnica», ciertos Estados «democráticos» practican o han practicado políticas racistas de inmigración (Australia por ejemplo) según las cuales el derecho a inmigrar se determina en función de la pertenencia étnica (es decir, del color de la piel), lo que representa una forma suave de esta categoría de racismo, pues traduce la voluntad de homogeneizar «racialmente» el conjunto de los ciudadanos. En el racismo de Estado, al ponerse al servicio de una ideología racista, el poder estatal ya no respeta los derechos humanos ni garantiza la igualdad y la libertad básicas de la democracia.

El «racismo político» se apoya en fuerzas políticas organizadas que construyen sus discursos básicos en torno a planteamientos racistas, como es el caso del Frente Nacional en Francia (ahora dividido en dos partidos políticos) o de los partidos de extrema derecha en Austria, Alemania, Italia, etc. El racismo se convierte en el principio de acción de una fuerza política o parapolítica, y llega a ser una fuerza movilizadora dentro de la sociedad, cuyo objetivo final es la puesta en práctica de un racismo de Estado. Por eso tales fuerzas políticas no son consistentes con los principios democráticos universales.

El «racismo institucional» consiste en inscribir en las propias instituciones de la sociedad una situación de inferioridad de una población racializada, los inmigrantes por ejemplo, mediante las leyes, las prácticas administrativas y los comportamientos sociales. A través de la legislación de extranjería, y de un conjunto de derechos diferenciados que otorgan a algunos una ciudadanía plena mientras a otros colectivos se les niega, el Estado construye una noción de identidad nacional que resulta excluyente para la población inmigrada, por ejemplo (u otros colectivos). En el racismo institucional, no existe necesariamente una intención racista ; al contrario, aquéllos que aplican las leyes y medidas discriminatorias consideran a menudo que las dinámicas macroeconómicas y estructurales imponen tales leyes y actuaciones, y que son necesarias para evitar otras situaciones peores (para el tema de la inmigración, es el típico «miedo a la invasión»). El racismo institucional presenta a menudo otro grado más fuerte, cuando las administraciones y sus representantes actúan frente a los colectivos racializados saltándose la legislación, a través de varias trabas, impedimientos, exigencias injustas, etc. (pedir varias veces los mismos papeles, no explicar por qué se les ha denegado sus solicitudes, rechazar los documentos que aportan para apoyar sus demandas, alargar en el tiempo los trámites administrativos, etc., todas actuaciones que ponen a los inmigrantes en situación de precaridad y de dependencia). La arbitrariedad y el no respeto de los derechos de los colectivos «racializados» en una sociedad se acompaña a menudo de agresiones que sufren por parte de los cuerpos de policía (agresión física, control sistemático, violación, insultos, detención arbitraria, etc.). Típico del racismo institucional es la ausencia de represión y de lucha, por parte de las instancias dirigentes de las administraciones, contra los abusos y excesos practicados por sus propios miembros frente a los colectivos discriminados.

El «racismo social» es el más sutil - se expresa de forma indirecta, simbólica - pero es también el más amplio. Diseminado a través del tejido social, se manifiesta en las relaciones de los vecinos, comerciantes, compañeros de trabajo, transeúntes, medios de comunicación, etc. con los grupos racializados como los inmigrantes y los gitanos, para el caso de España. El racismo social ya no afirma la inferioridad de estos colectivos, ni que tendrían que tener derechos menores o ser segregados. Sin embargo, por los discursos y las ideas que se mantienen, se pone de hecho todo tipo de obstáculos a los intentos de establecer una igualdad real de aquellos colectivos. El argumento principal del racismo social consiste en afirmar que cualquier derecho otorgado a un inmigrante (empleo, ayudas sociales, vivienda, ayuda sanitaria, etc.) es una acción discriminatoria contra los autóctonos. Construyendo una competencia entre autóctonos e inmigrantes, presenta toda acción positiva hacia ellos como un robo de recursos que legitimamente deberían ser destinados a los ciudadanos plenos. Así, se consigue mantener una situación discriminatoria hacia ellos sin que semejante situación sea postulada como deseable. Simplemente se deriva de la situación socioeconómica de hecho. Para dar un ejemplo, cito las palabras de una vecina del barrio de Terrassa donde tuvieron lugar los acontecimientos racistas de julio del 99: «Mientras que nosotros tenemos que pagar los libros de la escuela, a ellos se les dan grátis». El racismo social se traduce también por muchas prácticas discriminatorias, algunas bastantes graves: negativa a alquilar pisos a los inmigrantes, segregación escolar, negativa a acceder a ciertos servicios, a entrar en bares o discotecas, a atender enfermos de origen extranjero, a aplicar las leyes laborales (ausencia de contratos, horarios fuera de la norma, salarios muy inferiores a los autóctonos, etc.). El racismo social alcanza su forma más peligrosa y eficaz cuando consigue la movilización de un colectivo en contra de los inmigrantes (colectivos de vecinos que tratan de impedir la construcción de una mezquita, la apertura de una carnicería árabe, o el realojamiento en su barrio de gitanos, etc.), sobre todo por la poca firmeza que tienen los poderes públicos a la hora de impedir o reprimir tales acciones colectivas (en muchos casos existe incluso cierta indulgencia).

Muy significativo es el hecho de que esta forma de racismo, en general, intenta esconderse, y legitimarse mediante la afirmación previa de que no es racismo: «No somos racistas. Aquí hay muchos moros que llevan muchos años y que no se metían con nadie, pero de un año para acá esto está infestado». Otra manera, más sutil, que tiene el racismo de justificarse, se puede ejemplificar con las palabras del alcalde de Banyoles, tras la entrega por los vecinos de un barrio de 300 firmas solicitando que no se deje abrir una mezquita: niega rotundamente que se trate de un problema de racismo, sino de las molestias vecinales que causa una aglomeración de gente.

Más sutil aún resulta la estrategia (no necesariamente intencional o consciente) que consiste en apelar a los valores humanistas de igualdad y libertad, a los Derechos Universales del Hombre, para juzgar y condenar en bloque a un colectivo por sus diferencias culturales y su supuesta incapacidad inherente (directamente asociada al Islam) de respetar estos valores: «Yo tuve que intervenir un día para evitar que maltrataran a una niña de su propia gente. Hay que entender que ellos desprecian a la mujer» son las palabras de un párroco de Terrassa, referidas a los inmigrantes marroquíes del barrio. Mediante este tipo de argumento, un «neo-racismo» consigue colarse en los discursos humanitarios de los círculos más «progresistas» de la sociedad, tomando el rechazo a cualquier forma de integrismo y de injusticia y el deseo de luchar contra aquellos males como pantalla tras la cual se ocultan generalizaciones abusivas y prejuicios racistas, lo que a su vez justifica posturas de defensa de prácticas discriminatorias.

De las formas descritas resalta que no basta con la lucha contra los racismos elaborados e ideologizados (de Estado o político), pues en las sociedades más democráticas, incluso las que no cuentan con partidos políticos con ideología racista que preconizan la expulsión de los inmigrantes (como es el caso de España en la actualidad), el racismo social se infunde sutilmente y discretamente en toda la sociedad con argumentos que lo hacen parecer «natural» e inevitable, como el típico «si no hay suficiente trabajo y riqueza para todos los españoles, ¿cómo vamos a otorgar a estos extranjeros derechos que nosotros mismos ni siquiera tenemos garantizados?» Es el argumento de la «preferencia nacional», que en otros países se ha oficializado en programas políticos de los partidos de extrema derecha, pero que en España aparece inscrito en la propia Ley de Extranjería: no se puede conceder un permiso de trabajo a un extranjero no occidental - la categoría de los «inmigrantes» - fuera de ciertos nichos laborales para los cuales se considera que no existe oferta de mano de obra nacional: trabajos agrícolas temporales, ocupaciones manuales de la construcción, servicio doméstico y algunos empleos en la hostelería, etc. ; todos los empleos que más precarizados resultan, y que corresponden a los sectores no oficiales ni reglamentados de la economía nacional.

Otra distinción entre tipos de racismo, interesante aunque más sencilla, es la propuesta por Pettigrew (1998). Existe un racismo «patente» o «flagrante», que corresponde a la forma tradicional. Es «caliente, cercano, directo». Afirma abiertamente el rechazo de las minorías a base de supuestas diferencias biológicas. El racismo «sutil» es la forma moderna : frío, distante, indirecto. Expresa la percepción de una amenaza de los valores tradicionales por parte de las minorías, la exageración de las diferencias culturales entre las minorías y los autóctonos, y la ausencia de sentimientos positivos hacia los miembros de las minorías. El racismo «sutil» está mucho más extendido porque es mucho más aceptado socialmente. Es más difícil reconocerlo como racismo, por su carácter indirecto y simbólico, y cuando en un país existen normas o leyes contra el racismo y la discriminación (por razones de pertenencia étnica, de religión, etc.), el racismo «sutil» consigue colarse bajo las normas y leyes, sin dejarse reconocer como tal.

Así las dos primeras expresiones de racismo según Miguel Pajares, el de Estado y el político, corresponden más o menos al racismo «patente», mientras el racismo institucional y el social corresponden al racismo «sutil». Sin embargo, tales clasificaciones pueden resultar simplificadoras: existen también formas muy directas y abiertas de racismo que se expresan en el trato social corriente, cotidiano, y que pueden incluso traducirse por la agresión física. Además, el grado de aceptabilidad social del racismo depende también de su institucionalización y de la existencia de partidos políticos oficiales que lo vehiculan como ideología básica. Pero a pesar de estos matices, la lección más importante es la de la existencia de un racismo escondido, que no se nombra a sí mismo («no soy racista, pero...»), que no se deja identificar, y que echa mano de todo tipo de argumentos fuera del ámbito tradicional del racismo para alimentar actitudes de rechazo, discriminación y segregación, que si son menos visibles y reconocibles no son por ello menos reales.



Ahora bien, sea abierto u oculto, «institucional» o «social», el racismo debe captarse y entenderse a través de los efectos concretos que tiene para los que lo padecen, y no sólo a través de las ideas, actitudes y discursos de los que lo mantienen.

Más allá de las consecuencias negativas del racismo para sus víctimas a nivel psicológico, cuyo estudio queda fuera de nuestro propósito en antropología, los efectos del racismo en tanto que fenómeno colectivo, es decir sociocultural, son varios. El primero de ellos es la discriminación, que puede adoptar formas directas o formas indirectas. La discriminación directa consiste en negar, de forma abierta y oficial, ciertos derechos a los colectivos racializados. Cuando no pueden acceder en igualdad de derecho a ciertos servicios o actividades de la sociedad, cuando no pueden participar plenamente en ella, el resultado es una desigualdad económica y social de hecho que puede tener consecuencias importantes, y que va en contra de los principios que rigen teóricamente el Estado democrático. En este sentido, se puede decir que la Ley de Extranjería española es discriminatoria en su principio, pues niega a los inmigrantes el derecho al trabajo en igualdad de condiciones con los autóctonos. Resulta casi imposible, en términos de esta ley, entrar como trabajador inmigrante en España en condiciones perfectamente legales, pues la obligación de conseguir un contrato de trabajo desde el país de origen antes de solicitar el visado y el permiso de residencia es totalmente irrealista (los empleadores españoles no tienen el más mínimo interés en hacerlo, y las representaciones diplomáticas en los países de emigración hacia España hacen todo para impedir la entrada de nuevos inmigrantes). Otras medidas administrativas tienen la misma característica: obligación para los inmigrantes sin permiso de residencia de volver a su país de origen para sacar sus papeles, una vez que estos hayan sido tramitados vía las operaciones de «regularización» ; negativa a atender a los inmigrantes sin papeles en los centros de salud públicos, etc. Algunos consideran igualmente la imposibilidad de participar en las elecciones locales (después de un cierto número de años de residencia) y la obligación de conseguir un visado para viajar a otros países de la Unión Europea como medidas discriminatorias, pues se están creando dos categorías de ciudadanos en Europa: los ciudadanos plenos, que se benefician de la apertura del espacio europeo, y los inmigrantes, que incluso después de una larga instanciaestancia y favorable adaptación siempre quedan excluidos de la ciudadanía plena. Ciertos países han de hecho instaurado este sistema dentro de su propio Estado, rechazando toda posibilidad para un inmigrante, incluso depués de décadas de residencia, con varios hijos nacidos, educados y asimilados en el país de acogida, de conseguir la nacionalidad del país (fue el caso de Alemania con su sistema de «guest-workers», hasta principios del año 1999 cuando se votó una mejora de la ley de nacionalidad, que permite ahora el acceso a la nacionalidad alemana para ciertos inmigrantes, bajo condiciones que quedan sin embargo muy restrictivas).

La discriminación indirecta es menos evidente, y además se apoya en un mecanismo que la automantiene o alimenta: los resultados de la discriminación directa se utilizan como base para otras decisiones, y en relación con otras instituciones. El inmigrante sin contrato de trabajo no puede conseguir permiso de residencia, con lo cual no puede hacer respetar sus derechos laborales y jurídicos, lo que facilita su explotación y discriminación por cualquier institución o cuerpo social. El conjunto de derechos como la salud, la educación, la seguridad jurídica, el derecho a vivir en familia, a viajar, etc. se ve seriamente amenazado para los inmigrantes en la medida en que depende siempre de la consecución de permisos de residencia (temporales, que hay que renovar periódicamente). Además, estos derechos acaban perdidos cuando se pierde la residencia. De allí situaciones contradictorias y a menudo dramáticas: a tal hijo de inmigrante marroquí, nacido, criado y educado en España, y que no conserva familia en su país de origen, se le pide volver a Marruecos al cumplir sus 18 años, pues tenía derecho de residir y estudiar en España como hijo de inmigrante, pero pierde tal derecho al alcanzar la mayoría de edad.

En términos sociológicos, en el caso de España, los resultados de la discriminación, sea directa o indirecta, son patentes: la tasa de población inmigrante que vive en condiciones de pobreza y precaridad material es mucho más alta que en el resto de la población. Viviendas insalubres y hacinamiento, menor nivel de educación, menor acceso a los servicios de salud, mayor tasa de desempleo, nivel de ingresos inferior, peores condiciones de trabajo, etc. Otro índice revelador es la tasa de extranjeros en la población penitenciaria : 18% en España en 1997 (Wacquant, 1999), tasa inferior a las cifras de ciertos países occidentales como Alemania, Bélgica, Suecia o Francia, pero que si se compara con la parte de la población extranjera (menos del 1% en España si se restan los europeos) no deja de ser muy llamativa. La propia legislación de extranjería española, al tratar la inmigración como asunto de orden público y asociarla a una preocupación principal que es la del control policial de las personas inmigradas, lleva de manera implícita y permanente a considerar al inmigrante como sospechoso de estar transgrediendo la ley (cualquier falta administrativa siendo asimilada a la delincuencia o al crimen), y ubica la inmigración en la frontera del delito, mezclando inmigración con delincuencia y fomentando que tal idea se generalice en la representación que se hace la población general. Además del fenómeno de los centros de retención para inmigrantes clandestinos y el aumento de las detenciones por infracción a la ley de extranjería, la sobre-representación de los inmigrantes en las cárceles se explica por las prácticas policiales y judiciales que se aplican con una eficacia y una severidad especial con respecto a las personas que tienen un aspecto físico no europeo, debido a su fácil identificación y localización, y a su mayor dependencia y precaridad, que facilitan su sumisión a la arbitrariedad de las autoridades. Por sus conocidos efectos criminógenos y desestructurantes, el encarcelamiento de los inmigrantes tiende a producir los efectos mismos que se supone quiere combatir, marcando sus víctimas como una subcategoría social, y legitimando el tratamiento penal de la pobreza y la miseria. Así el extranjero no europeo, sospechoso de antemano, segregado hacia los márgenes de la sociedad, y perseguido con especial afán por las autoridades, se vuelve el «enemigo cómodo» (Wacquant, 1999: 67), blanco de las angustias colectivas de la sociedad.

El otro efecto importante del racismo que hay que mencionar es la violencia perpetrada contra miembros de minorías racializadas en los países europeos. Según varios autores, la década de los 90 y el fenómeno de «derechización» política del conjunto de Europa ha sido acompañado por un auge de actos violentos contra inmigrantes. Los casos más importantes son los de Gran Bretania y Alemania (acontecimientos de septiembre de 1991), donde estas violencias son las más numerosas, mientras Francia, Noruega y Dinamarca tienen tasas muy inferiores. Italia ha conocido casos recientes de ataques físicos contra comerciantes callejeros procedentes de Africa, y España no está exenta de semejantes violencias, como el «Crimen de Aravaca» descrito y analizado por T. Calvo Buezas, o, muy recientemente, las violencias y manifestaciones racistas perpetradas en julio de 1999 en Terrassa y Banyoles, o las recientes agresiones en Níjar. Estas violencias representan un fenómeno particular en la medida en que se ejecutan y justifican (a ojos de sus autores) meramente por el rechazo y odio al «Otro» racializado. Y para subrayar la complejidad del fenómeno del racismo, se debe hacer notar que estos crímenes no se deben siempre a grupos de ideología de extrema derecha o neonazi, ni tampoco se dan en los países con mayor representación de partidos políticos con ideología racista (sería incluso al revés: países con partidos racistas fuertes como Francia y Noruega conocen menos violencia racista que otros como Inglaterra con una extrema derecha débil). Como ya mencioné acerca del racismo institucional, no hay que olvidar que parte de la violencia racista es ejercida por los propios cuerpos policiales de los Estados. Existen también formas menos directas de violencia hacia los inmigrantes, como en el caso de las expulsiones (ver por ejemplo el asunto de la iglesia ocupada por africanos en Francia), o cuando instancias sociales separan familias alegando la incapacidad de los padres para cuidar a sus hijos (un caso reciente en Barcelona, según la Revista «En Diálogo» fue el de un padre marroqui acusado de malos tratos - violación - a sus hijos, sin ninguna prueba, y la decisión de quitar a la pareja la custodia de sus hijos, hasta incluso el derecho de visita).

Pobreza, marginación social, segregación mediante el sistema carcelario, violencia, tales son los principios negativos que sufren los inmigrantes en España, al igual que en otros países europeos, como efecto del racismo del que son víctimas. Además, como una profecía que se autocumple, la pobreza, la marginación social y la violencia sufrida pueden engendrar más facilmente, en poblaciones fragilizadas y rechazadas, comportamientos y reacciones que la sociedad de acogida percibe como inadaptadas, inadecuadas, fuera de los cánones de la normalidad social, lo que a su vez justifica y legitima el rechazo y el racismo del que son víctimas («son sucios», «viven hacinados», «roban», «son vagos», etc.).



Quiero abordar ahora el exámen de las ideas o teorías sobre los orígenes del racismo: ¿qué es lo que lo produce? ¿cómo explicarlo? ¿porqué está más difundido en ciertos grupos sociales que en otros?

Tahar Ben Jelloun (1998: 47-71) identifica tres raíces del racismo : el miedo, la ignorancia, y la tontería. El miedo es el hecho de sentirse indefenso ante lo desconocido, lo diferente. Es el sentimiento que utilizan políticos como Le Pen en Francia para movilizar a su electorado, o que conoce parte de la población española, en general la más desfavorecida: miedo a que se les quite el trabajo, miedo a perder ventajas y ayudas sociales si estas se atribuyen a inmigrantes, miedo a ser «invadidos» en sus barrios por gente que vive de manera distinta, come cosas distintas, no respeta sus tradiciones, etc. Todo ello olvidando que los inmigrantes ocupan los trabajos que los nacionales no quieren hacer, que pagan impuestos y cotizaciones, o que viven en condiciones de explotación apenas humanas. El miedo siempre conlleva una parte de irracionalidad, pues la persona que tiene miedo construye (en función de su entorno social, de los medios de comunicación, de la ideología dominante, etc.) los peligros que la amenazan, y los argumentos objetivos difícilmente bastan para tranquilizarla. Se ubica más en el orden de las pulsiones y de los instintos que en el ámbito de los conocimientos. Por ello el miedo es contagioso y duradero, pues incluso cuando uno intenta dominarlo y racionalizarlo, cualquier pequeño acontecimiento o detalle basta para hacerlo aflorar de nuevo. El miedo como raíz del racismo explica por qué son las partes más desfavorecidas de las sociedades occidentales las que expresan un racismo más virulento y difícil de extirpar.

La ignorancia, segundo pilar del racismo, según Tahar Ben Jelloun, produce las creencias que alimentan los prejuicios racistas y los miedos que a ellos se asocian. La tontería o falta de inteligencia cumple un papel similar, en la medida en que impide el acceso a la reflexión, la objetividad y los argumentos racionales.

Sin embargo, el novelista reconoce que se pueden poseer conocimientos y utilizarlos para justificar el racismo. Hay una parte de mala fe en el racismo que lleva a buscar un chivo expiatorio para los males que el grupo o la sociedad sufre. La ignorancia o falta de inteligencia no pueden explicar el racismo por sí solas, incluso teniendo en cuenta el miedo irracional: si fuera el caso, bastaría con elevar el nivel de educación y hacer conocer la realidad de las otras culturas, de las diferencias y semejanzas que existen entre grupos humanos, para acabar con el racismo. Pettigrew (1998), al revisar un conjunto de estudios realizados en varios países europeos, destaca que las actitudes racistas se encuentran más difundidas entre los sectores sociales menos educados y más conservadores de cada país. Sin embargo, subraya que no podemos considerar el racismo como mero reflejo de un nivel de educación bajo y del conservadurismo político.

Sin disminuir el valor del esfuerzo realizado por Tahar Ben Jelloun, no sólo por el escrito Papá ¿Qué es el racismo ? sino también por las numerosas visitas a escuelas francesas e italianas, las discusiones con alumnos y profesores, y las horas que ha pasado escuchando los comentarios, reacciones y preguntas de los jóvenes, todo ello con el fin de luchar contra el racismo trabajando desde la juventud y la escuela, hay dos críticas principales que se pueden formular en cuanto a su exposición de las raíces del racismo (miedo / ignorancia / tontería). En primer lugar, la explicación queda corta, como el autor mismo lo reconoce, y no permite captar la complejidad del fenómeno en tanto que discurso e interacción social. En segundo lugar, este tipo de planteamiento lleva a estigmatizar al racista, creando dos categorías de gente : los normales / inteligentes / educados / que no pueden ser racistas (de los que formamos parte naturalmente), y los ignorantes / tontos / racistas / egoístas (en resumen los malos). Eso lleva también a reducir a un nivel individual o psicológico lo que desde la antropología y la sociología se tiene que abordar en términos de relaciones sociales y simbólicas, y además resulta contradictorio con la punta de lanza de la lucha antirracista, es decir la llamada a la tolerancia. «Tú dices que hay que respetar a la gente aunque no se la quiera, pero al final del libro tratas a los racistas de sinvergüenzas» es el comentario de un jóven recogido al final del libro (Ben Jelloun, 1998: 90). El autor no tiene realmente respuesta, pues cae en la contradicción de la tolerancia (¿se debe tolerar al racista? ¿cuáles son los límites de la tolerancia?).



Todo el trabajo teórico elaborado en torno al concepto de prejuicio resulta mucho más fecundo en un intento de entender el racismo y sus causas. Siguiendo a Théophile Ambadiang (1994), a Otto Klineberg (1967) y a Miguel Pajares (1998), el prejuicio se define en una primera aproximación como una preevaluación o un preconcepto elaborado antes de recoger o examinar la información relevante, y por lo tanto basado en una evidencia inadecuada o incluso imaginaria. El tipo de prejuicio que nos interesa es el prejuicio negativo (existen también prejuicios positivos que cumplen funciones sociales importantes) y de carácter étnico: actitud negativa respecto de un grupo socialmente determinado y respecto de cualquier individuo miembro de dicho grupo (me referiré a este tipo de prejuicio en el resto del texto). El prejuicio consiste en primer lugar en atribuir a todos los miembros de un grupo unos rasgos comunes, y en segundo lugar en explicar estos rasgos por la naturaleza del grupo (su «cultura», su herencia genética, sus carácteres físicos y biológicos), y no por sus condiciones de vida o su situación social. Fenómeno intergrupal, cumple funciones sociales en la medida en que mantiene y legitima cierto tipo de relación entre distintos grupos que se construyen colectivamente como «diferentes». La complejidad del prejuicio procede de su triple dimensión: conlleva un aspecto cognitivo o conceptual (los «estereotipos», es decir las ideas o imágenes que se mantienen respecto a tal grupo), un aspecto afectivo (atribuir un valor positivo o negativo, estar afectivamente implicado en un sentimiento hacia el grupo y sus miembros), y un aspecto conativo o comportamental (tendencia a expresar mediante la acción los juicios y lo sentimientos que se experimentan, comportándose de una forma que refleja la aceptación o el rechazo) - aspecto que lleva a la discriminación.

Además de su carácter marcadamente social, el prejuicio manifiesta, según los estudios, una relativa rigidez: los rasgos diferenciales que se alegan en el prejuicio pueden existir o no, ser muy poco representativos del grupo o más extendidos, pueden incluso ser totalmente imaginados, pero en cualquier caso la información objetiva que se pueda aportar para corregir el contenido cognitivo del prejuicio en general no produce los efectos esperados. Los grupos que mantienen prejuicios frente a otros colectivos llegan en cierta medida a seleccionar, interpretar o incluso distorsionar la información para que resulte consistente con el prejuicio y así evitar ponerlo en cuestión. El prejuicio tiene de hecho una gran capacidad para autoalimentarse, y echa mano de cualquier material susceptible de servir como «prueba», ignorando los hechos que van en sentido contrario. El mecanismo es circular: el prejuicio étnico o racista lleva a la discriminación, cuyos efectos socioeconómicos reducen al grupo víctima a una situación inferior en términos de educación, salud, nivel de ingresos, vivienda, condiciones de trabajo, etc. Esta situación de inferioridad a su vez justifica el prejuicio, como se puede observar en los prejuicios mantenidos en España con respecto a los inmigrantes (marroquíes en particular) (Pajares, 1998: 53-55):

- su cultura es cerrada (no tienen una disposición a aceptar cosas nuevas) - como si estuvieran todos unidos por una misma cultura, y como si no hubieran conocido cambios tremendos al instalarse en un nuevo país, suponiendo además que nuestra cultura es más abierta que la suya ;

- si llegaran a ser numerosos impondrían sus costumbres y cultura, haciendo desaparecer las nuestras - como si tuvieran una especie de misión, al venir a España, de imponer su cultura, y como si tuvieran las posibilidades para hacerlo ;

- son ignorantes: confusión entre sus dificultades lingüísticas en español y la ignorancia total de idiomas, olvidando que muchos hablan dos o tres idiomas antes del español ; reducción de su cultura de origen a una nada primitiva, desconociendo la complejidad y riqueza que pueda tener ;

- tienen demasiado hijos - desconociendo que los magrebíes, por ejemplo, cambian muy rapidamente sus pautas demográficas al instalarse en España, adaptándose a las costumbres del país receptor ;

- se hacinan, son sucios, etc.: confusión entre condiciones materiales de vida y hábitos culturales, ignorancia de ciertos hábitos, como las abluciones del Islam, que llevan a una higiene corporal en general más cuidadosa que la que practican los occidentales ;

- tienen tendencia a robar: no reconocimiento de las condiciones sociales muy desfavorables que pueden, a veces, llevar al robo - al igual que en la población autóctona ; ignorancia de los valores morales de la cultura de origen, como por ejemplo la importancia atribuida a la honestidad y la condena del robo en la cultura árabo-musulmana ;

- su religión, el Islam, es inherentemente incompatible con la democracia, la libertad y la igualdad (Espósito, 1997) – ignorando la variedad de interpretaciones y reorientaciones que recibe la religión islámica, la lucha de muchos movimientos de musulmanes por la igualdad y la justicia social, y la tremenda laicización de los llamados países islámicos ;

- el ser musulmán lleva automáticamente al fanatismo, al integrismo, y al terrorismo, lo que representa una amenaza (asalto a la democracia) para Europa, e impide la integración de los inmigrantes y su adaptación a los costumbres occidentales.



Ahora es necesario profundizar en los orígenes de los prejuicios racistas. Como lo han mostrado los clásicos de la sociología y de la antropología, desde Max Weber y Durkheim, no puede haber una causalidad única y directa de un fenómeno social como el racismo. Se han de considerar múltiples factores en un haz de relaciones complejas.

En primer lugar, hay que descartar la idea de un universal antropológico, según la cual el racismo sería una actitud natural, instintiva y compartida por todos los grupos humanos. Esta explicación no resiste a los hechos históricos conocidos que justamente han servido para demostrar la inexistencia de «razas» puras: muchos grupos se han mezclado, han convivido en buenas relaciones y se han casado entre sí. Además, la tendencia racista como universal no permite entender por qué son ciertos grupos los que son víctimas del racismo y no otros, o por qué determinados colectivos migrantes fueron aceptados en ciertas regiones y no en otras (por ejemplo los orientales llegados a Hawai, aceptados plenamente por los blancos, no lo fueron en California). Otro argumento que rebate la idea de una tendencia universal es la observación, por muchos estudiosos, de la ausencia de actitudes racistas entre los niños jóvenes: el racismo se aprende con la socialización, no es una disposición innata.

Así el miembro de una sociedad va aprendiendo los prejuicios que su grupo social de pertenencia mantiene con respecto a los colectivos que el grupo construye como «diferentes»: en primer lugar de sus padres, luego de sus compañeros y profesores, y finalmente de los medios de comunicación y del conjunto de instituciones de la sociedad, que contribuyen a marcar las líneas de separación entre los grupos étnicos y a vehicular los prejuicios, eligiendo los rasgos (reales o imaginarios) que constituyen esas «diferencias», rasgos que, se supone, se transmiten automáticamente dentro del grupo. Con esta observación se muestra que una experiencia negativa con uno o algunos miembros de un grupo racializado no es para nada indispensable para crear el prejuicio, ni siquiera el más mínimo contacto: muchos españoles «saben» muy bien cómo son los gitanos, los «moros», los «negros», etc. sin haber ni encontrado, ni hablado o interactuado con ninguno. Del mismo modo, una interacción positiva con algún miembro del grupo inferiorizado no produce necesariamente un cambio en el prejuicio, si bien puede favorecerlo (la «excepción» individual es perfectamente compatible con el prejuicio: «Este chico es muy trabajador para ser un negro»).

Pero ¿cómo se han elaborado las «representaciones sociales» de los grupos étnicos que el individuo va adquiriendo en función de su pertenencia a una parte de la sociedad? No existen mecanismos universales que explican por qué tal o cual grupo sea víctima de prejuicios racistas, sino más bien un conjunto de factores históricos, económicos y sociales que configuran, en cada caso, una relación específica entre grupos. La única cosa que no puede explicar el racismo hacia un grupo dado es justamente las características propias de este grupo. Uno de los avances importantes logrado por los científicos sociales anglosajones en el campo de las «race relations» fue el descubrimiento de que la causa del prejuicio está en quien lo sostiene. Dicho de otra manera, y citando la famosa frase de Jean-Paul Sartre, «es el antisemitismo que hace al Judío». Sami Naïr (1994: 231) afirma que «el Otro es siempre, de algún modo, una parte de uno mismo negada, o renegada». Más aún, hay que examinar la relación entre un colectivo y el grupo que desprecia y discrimina, para entender los fundamentos del prejuicio y de las acciones discriminatorias. Y esta relación se ha construido históricamente, para finalmente traducirse en una dominación política y económica. Conquistas, colonialismo, explotación económica, dominación política son los procesos que han trabajado a lo largo de la historia, en función de los condicionantes particulares de cada contexto concreto, para desembocar en las relaciones interétnicas que se observan en la actualidad. Los prejuicios sobre los «moros» en España tienen que ver con la larga historia de la peninsula ibérica desde «Al-Andalus» y la Reconquista, con la guerra del Rif, con las tropas moras de Franco, con el conflicto de intereses pesqueros entre España y Marruecos, con las relaciones internacionales coloniales y postcoloniales, los movimientos de migración y la economía mundializada de hoy, con la situación geográfica de Marruecos y España, la entrada de España en la Unión Europea y la política general de esta última, etc. (Martín Muñoz, 1994).



Ahora bien, el factor económico ocupa sin duda un sitio de primera importancia para entender los prejuicios: la discriminación de un colectivo permite siempre sacar algún benefiicio económico de la situación inferior en la que se lo mantiene. A cambio de unos costes mínimos, se consigue una mano de obra barata e indefensa, dispuesta a sufrir cualquier tipo de condiciones laborales y sociales. Así en el fundamento del prejuicio se halla el interés del grupo dominante por mantener su situación privilegiada. El prejuicio cumple un función muy importante: es lo que permite discriminar al grupo dominado, e incluso que justifica y legitima la discriminación, proporcionando argumentos para racionalizar la situación de dominación del grupo privilegiado. Los agricultores de Almería que emplean magrebíes y negros en condiciones de casi-esclavitud pueden justificar sus propios comportamientos de explotación porque los prejuicios les permiten configurar a sus empleados como inferiores y por lo tanto como escapando «naturalmente» al ámbito del derecho laboral y social. Además, la connivencia (o por lo menos la ciega indiferencia) de la administración y del Estado en general, que conoce la existencia de las mafias de reclutamiento de trabajadores ilegales (mejor dicho, indocumentados), las condiciones no legales de empleo de estos inmigrantes, y las condiciones inadmisibles de todos los trabajos de la economía sumergida ocupados por inmigrantes, constituye una prueba suficiente de los intereses económicos que están en juego, y permite entender la gran contradicción de la política actual de inmigración en España: cerrar totalmente las fronteras (en teoría), satisfaciendo así los «miedos» de la población (y de los demás Estados europeos) a la invasión, pero al mismo tiempo permitir, mediante los «cupos» anuales y la tolerante negligencia hacia las prácticas patronales ilegales, la existencia en el país de una fuente económica valiosa - aquella mano de obra barata por despreciada y discriminada, a la que se niega los mínimos derechos de los que gozan en principio todos los ciudadanos. El argumento de la «preferencia nacional» para el empleo, no sólo no es sostenible a la luz de una visión socio-histórica más amplia, sino que tiene como efecto (intencional o no) alimentar la economía «negra» mediante la segregación étnica del mercado laboral (por el hecho de reservar para los inmigrantes, por ley, unas categorías de empleo bien determinadas, las más precarias y menos reglamentadas). Esta contradicción se debe entender a su vez dentro del contexto global de las llamadas «relaciones Norte – Sur» y de la globalización de la economía, con el creciente desfase que se está produciendo entre la riqueza material de una parte minoritaria del mundo y el empobrecimiento de las grandes masas del Tercer Mundo.



Dada la circularidad entre prejuicio y discriminación, cada uno produciendo el otro, y la importancia, en tanto que origen de los prejuicios racistas, de las relaciones socioeconómicas entre los distintos grupos que forman la sociedad, resulta claro que ninguna acción a nivel individual podría constituir una medida eficaz para luchar contra el racismo, que constituye por naturaleza un fenómeno social, es decir un problema de relaciones intergrupales. Acciones aisladas a nivel informativo o educativo, si pueden tener efectos favorables, tampoco pueden por sí solas extirpar el racismo de una sociedad, mientras se conserven las condiciones socioeconómicas e institucionales que lo fomentan. La lucha debe emprenderse desde muchos frentes a la vez, pues los factores que favorecen el racismo son múltiples e imbricados entre sí.



A nivel educativo e informativo, queda mucho por hacer, en la línea de numerosos trabajos que ya se han dedicado a elaborar y difundir nuevos mensajes e imágenes entre los jóvenes, favoreciendo así una toma de conciencia y una serie de reflexiones y actitudes orientadas hacia la eliminación del racismo. El libro de Tahar Ben Jelloun va en esta dirección, así como el libro de Sami Naïr (1999) en Francia, o las encuestas sobre las imágenes racistas vehiculadas en los textos escolares (T. Calvo Buezas), y las acciones del Ministerio de Educación y de la Unión Europea (programa Sócrates) destinadas a favorecer la integración de los jóvenes procedentes de la inmigración en el medio escolar. Pero como dice T. Ben Jelloun, en la lucha contra el racismo, «nunca se debe bajar la guardia» (1998: 73). El lenguaje cotidiano, la manera de presentar las noticias en los medios de comunicación, los textos y programas escolares (en su contenido y lenguaje pero también en lo que omiten), los discursos oficiales, los documentos administrativos, en todo eso hay que vigilar el lenguaje y las ideas: «combatir las palabras que hieren y humillan», las que «marcan una jerarquía y una discriminación», las que conllevan ideas preconcebidas, generalizaciones abusivas (Ben Jelloun, 1998: 73).

Esta línea de acción, por importante e imprescindible que sea, no puede sin embargo producir cambios profundos mientras las relaciones entre colectivos siguen siendo conflictivas y de dominación. Sería mucho más eficaz acabar con los prejuicios racistas de la gente si ésta tuviera la oportunidad de encontrar «negros» o «moros» que ocupen puestos dignos o incluso importantes en su propia sociedad, que vivan en condiciones social y materialmente coherentes con los criterios españoles, que se beneficien de un trato igualitario por parte de la administración y de las instituciones sociales. Como lo afirman más de una vez M. Pajares y T. Ben Jelloun, lo que reclama el inmigrante no es la amistad o el amor sino el respeto de su dignidad como ser humano. Y eso pasa en primer lugar por una profunda modificación institucional y legal, con el fin de llegar a una verdadera igualdad de trato con respecto a las personas inmigradas. Los miembros de la sociedad dominante no sólo deben aprender a apreciar y valorar otras culturas, otras visiones del mundo, otras costumbres (que a menudo no son tan diferentes de las suyas como se quiere pensar), sino convencerse en primer lugar de que el hecho de emplear trabajadores inmigrantes en condiciones jurídicas, económicas y sociales inferiores no es digno de una sociedad moderna y democrática. El enriquecimiento de la España de hoy se hace por supuesto en parte gracias a la inmigración y a espaldas de estos colectivos vulnerables, pero este enriquecimiento es sólo material, y además no beneficia al conjunto de la sociedad sino a su franja ya más privilegiada.

La lucha contra el racismo es ante todo una lucha contra sus efectos más inmediatos, es decir la discriminación legal, social y económica. ONG’s, sindicatos, partidos políticos, asociaciones de todo tipo, pueden y deben avanzar en esta dirección, reclamando que los derechos básicos, derechos que las instituciones actuales no aseguran, sean otorgados a los inmigrantes y aplicados efectivamente: derecho a la vivienda, a un empleo digno, a las ayudas sociales, a la protección laboral y jurídica, a la educación, al ocio, etc.

Por otra parte, si resulta muy importante hacer un esfuerzo educativo e informativo destinado a la población general, es también imprescindible actuar donde el racismo se manifiesta cotidianamente: en la policía, en la administraciones, los servicios de salud, los servicios sociales, etc. Al tolerar actitudes de negligencia o incluso de rechazo por parte de cualquier representante de aquellas instituciones, se está favoreciendo la banalización de la discriminación, como algo normal y corriente.

Sin embargo, de todo lo dicho no se debe concluir que exista un categoría de gente, los «racistas», que cabría reformar y educar, para acabar con el racismo en la sociedad. Como lo subraya de forma provocativa Ichheiser en su texto « Misunderstandings in human relations » (1949), uno de los principales prejuicios de los científicos sociales es que «la gente tiene prejuicios», entendiendo que el científico, por supuesto, no los tiene. En la misma idea, uno de los alumnos visitado por Tahar Ben Jelloun le preguntó «¿Has conseguido alguna vez convencer a un racista y hacerle cambiar de idea ?». Desde una posición de persona educada, con ideas progresistas, condiciones materiales y sociales suficientemente satisfactorias, resulta muy fácil denunciar el racismo de los «ignorantes y tontos», de la «España profunda». Pero si el miedo es un elemento básico del racismo, elemento irracional por excelencia, si el prejuicio conlleva un componente afectivo y no sólo cognitivo, ¿cómo combatirlo? ¿Qué se puede proponer a la gente que tiene miedo? No nos debemos engañar: si la sociedad llega a ser más justa con los colectivos desfavorecidos, alguien tendrá que hacer algún sacrificio. Así llegamos al meollo de la cuestión: el problema es realmente el de la elección política de las prioridades sociales. Los miedos de las poblaciones menos favorecidas de la sociedad española, miedos que se hacen patentes en sus prejuicios étnicos, no son totalmente sin fundamentos, pues la crisis del Estado de Bienestar, el desempleo, la falta de viviendas sociales, la ausencia de servicios para las mujeres trabajadoras (carencia de guarderías y servicios de acogida de los hijos fuera de la escuela, ...), la dificultad de conseguir una buena educación sin medios financieros, etc. todo ello contribuye a alimentar una desconfianza en el futuro, que los inmigrantes parecen amenazar aún más, y a favorecer las plagas de la sociedad (economía sumergida, trabajos agrícolas o domésticos en condiciones de explotación) que fomentan el mantenimiento de las desigualdades socioeconómicas actuales entre la sociedad dominante y los grupos de inmigrantes.

Este enfoque que toma en cuenta las relaciones socioeconómicas y políticas dentro de la sociedad para entender qué es el racismo, cómo funciona y cómo se puede combatir, implica una ampliación del análisis al conjunto del cuerpo social y de sus relaciones estructurales. Las categorías sociales entre las que el racismo cala más facilmente son justamente las menos favorecidas. Si el problema se limita a educarlas mejor, cambiar sus estereotipos sobre los inmigrantes u otros grupos étnicos, y llevarlas a abandonar sus prejuicios, la probabilidad de reducir el racismo en una sociedad como la española quedará bastante limitada. En primer lugar, porque como he intentado mostrar, el racismo de unos hacia otros no es una mera cuestión de imagen negativa. En el fondo, podríamos incluso decir que la imagen tendría poca importancia, mientras el trato fuera igualitario y respetuoso, y los derechos respetados. En segundo lugar, el racismo es probablamente, en muchos casos, la manifestación de una falta de seguridad y confianza que las desigualdades existentes dentro de la sociedad producen o por lo menos fomentan. Pero sobre todo, como lo señalé acerca del principio de la «preferencia nacional» y de la economía sumergida, la existencia de cierta dosis de racismo en la sociedad permite seguir afirmando e institucionalizando semejantes principios de segregación, ocultando bajo la lógica económica su contenido racista y consiguiendo su aceptación social amplia, lo que a su vez sirve los intereses de las categorías poseedoras de la sociedad. En un artículo sobre la incorporación de los inmigrantes a la economía informal, Maurizio Ambrosini recuerda que las actividades informales e irregulares «alimentan de hecho la infraestructura de los trabajos de baja retribución que respaldan los servicios especializados así como los estilos de vida elevados de sus empleados. Los inmigrantes, en especial los ilegales, abaratan los costes de producción de unas fuerzas vivas altamente cualificadas» que de otro modo «perderían terreno en la carrera competitiva» (1998: 119).

Si se proyecta la lógica económica neoliberal actualmente dominante y el desmantelamiento del Estado de Bienestar que lo acompaña, y teniendo en cuenta el contexto de globalización y las crecientes desigualdades que se dan en el mundo, parece, pues, muy improbable que se invierta la tendencia hacia la discriminación y la segregación de los inmigrantes. El creciente abismo entre categorías sociales dentro de la sociedad sólo podría fomentar más racismo, y no habría interés real en impedirlo, pues cumple funciones importantes de mixtificación: para las clases dominantes, sirve sus intereses, al desplazar la problemática, haciendo parecer como una cuestión de convivencia entre grupos culturales o étnicos lo que en realidad se ubica en el ámbito de las relaciones socioeconómicas de dominación; para las categorías desfavorecidas de autóctonos, proporciona un chivo expiatorio bienvenido. Los propios inmigrantes, si por supuesto tienen interés en un cambio, tendrán poco poder para imponerlo, y en todo caso las relaciones estructurales vigentes seguirán siendo un mal menor, frente a las condiciones cada vez más drásticas que se dan en sus países de origen.

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